Palomar 54

Palomar 54 1 (1)

(Foto: Señor Aficionado – Gemini)

Los conocimos hace más de once años, un mediodía en Ciudad Universitaria. Fue casualidad, fue el destino, pero desde ese domingo se volvieron amistades incondicionales.

Todo empezó con las ganas de mamá de ir al Estadio Olímpico Universitario. Los boletos los conseguimos en La Comer, cuando aún llevaba ese nombre y cuando tenían convenio con Ticketmaster para comprar boletos; no recuerdo bien si terminamos con boletos para el palomar porque eran los que quedaban, eran los más baratos o porque era la mejor zona para ver el partido.

Para mí fue la novedad; mamá y papá contaban de cuando iban a los partidos en su época de noviazgo, entonces surgió este interés en ir al estadio. No pregunten ni la fecha, ni sobre el equipo al que enfrentaban, mi memoria falla.

Asistimos a unos tres o cuatro partidos hasta que la porra autodenominada Palomar 54 decidió adoptarnos después de escuchar los ingeniosos insultos de mi madre dedicados, con todo el cariño del mundo, al árbitro.

Una vez mi mamá le gritó hasta de lo que se iba a morir al árbitro y Palomar 54 empezó a cantar “¿Qué le pasa a Lupita?” (tradición que se quedó porque no había domingo sin una queja contra los hombrecitos de amarillo).

Quienes se presentaron fueron “El Abuelo” y “Chucho”, los líderes del grupo, y de ahí nos presentaron a los demás: estudiantes, abogados, ingenieros, bienes raíces, de escuela privada o pública (no, no todos los que van a los partidos son egresados de la UNAM, no sé de dónde sacaron esa idea).

De ahí se volvió costumbre ir a los partidos cada quince días, ya fuera con playera de manga larga, con sombrero y con bloqueador porque el sol a esas horas era mortal. A veces veíamos a la porra dentro del estadio o los veíamos en el estacionamiento del estadio o de alguno de los edificios aledaños de la universidad: llevaban papas, botellas o six de cerveza para entrar entonados a apoyar al equipo.

Si salían sobrios del encuentro, había que pasar a los autos para acabar con las reservas de alcohol (pero el líquido no se antojaba tanto porque el sol se había encargado de entibiarlos y, pues, ya daba un poco de asco).

También se volvió costumbre llevar playeras con diseños exclusivos que tenían el nombre de la porra. Uno de los tantos integrantes tenía conocidos que elaboraban playeras, amablemente, nos preguntaba si queríamos la playera que nos identificara como parte de la porra y, obviamente, nos cobraba.

Nos tocó conocer miembros de la porra que iban al estadio y conocieron al “Abuelo”, así como nosotros, algunos lo conocían de antes. También nos tocó que algunas personas que llevaban mucho tiempo en la porra dejaran de ir; conocimos a familiares del “Abuelo” como su nieto, un talentoso saxofonista, que creo en estos momentos anda por tierras europeas, o su hija, que en estos momentos está en tierras gringas o debe de estar en algún estado del país o puede que siga en la ciudad.

Nos tocó ver cómo hombres y mujeres cambiaron de pareja o lograron establecerse. También nos tocó despedir parejas que por su trabajo tuvieron que emigrar a otros estados. Todos en contacto por el grupo de WhatsApp o porque algunos nos agregaron de amigos en Facebook.

Esos años que compartimos también se entremezclaron con las vivencias excepcionales de nuestra vida: sin querer, festejamos mi última operación por desprendimiento de retina con una ida al estadio; las personas más cercanas a mi madre la acompañaron en toda la etapa del diagnóstico de cáncer y su tratamiento –demostraron ser más familia que la propia sangre de mi mamá cuando amablemente hicieron una cooperación y nos ayudaron con los gastos.

Celebramos los cumpleaños del “Abuelo”; nos invitaron a restaurantes de los que eran dueños; a veces nos invitaban a alguna cantina o restaurante, no para celebrar una ocasión especial, sino por el simple gusto de vernos.

De hecho, el “Abuelo” siempre lee lo que publico en redes sociales y procura comentar en los cuentos que publico. A algunos los seguimos invitando a la misa del aniversario luctuoso de mamá y a las celebraciones de su cumpleaños.

Regresando al tema de la primera final a la que asistí: en esos tiempos Guillermo “Memo” Vázquez dirigía a Pumas. Llegaron a la final. Perdieron el partido en la Sultana del Norte contra Tigres y tenían que remontar en la ciudad.

Si mal no recuerdo, iban tres goles abajo. Conseguir los boletos para Ciudad Universitaria fue un milagro porque todos los boletos terminaron en la reventa o entre trabajadores de la universidad; los conseguimos por un amigo de otro amigo de uno de los tantos integrantes de la porra.

Era la primera final que me tocaba en el Olímpico, así que yo estaba entre feliz y algo tensa por el resultado. El estadio estaba a reventar esa noche y creo que todos íbamos con una mezcla de tensión y de fe por el equipo. Y cayeron los goles necesarios para alzar la copa (no solo remontaron, sino que también le dieron la vuelta al marcador); el estadio se caía a pedazos hasta que Gignac anotó el gol del empate. Los equipos jugaron tiempo extra, se fueron a penales y los Pumas perdieron. Una desilusión.

Después llegaron los once años sin título.

Cambios en el patronato, en el director técnico, en los jugadores (aún recuerdo cuando sacaron al defensa paraguayo, el gran símbolo del equipo, y todos vaticinaban lo peor y le lloraron; yo no compartí la emoción con el resto, era un racista). Llegaron directores flamantes, jugadores promesa que al final lograron poco o nada con la institución; se dejó de lado a la cantera. Decepción tras decepción.
Después se dificultó el poder ir al estadio gracias a la llegada del COVID y después cualquier intención de ver a Pumas jugar en el Olímpico se esfumó después de la muerte de mamá.

Hasta este año, con un director técnico que ni aficionados ni comunicadores deportistas querían o le veían buen fin al proyecto. En dos torneos les dio la razón: no se veía plan de juego, ni forma, ni los mismos aficionados sabían a qué jugaba el equipo.

Yo en esos días no tenía mucho interés en un deporte en el que veintidós hombres corrían detrás de un balón, ni aquí en México, ni en Inglaterra, ni en China. Lo que sí recuerdo fue una publicación en redes sociales de la página NotiGoya: “Son unos impresentables, pero son nuestros impresentables” (la publicación me llevó a imaginar al equipo por el valle de la amargura).

Pero algo cambió este torneo: el equipo logró el liderato general de la competencia, jugaban bien. Yo ni me sabía los nombres ni de la mitad del equipo, pero surgió esa esperanza renovada.

Las pláticas de futbol volvían a incluir el nombre de los Pumas junto con la pregunta: ¿quién crees que llegue a la final? ¿Quién te gusta para final? Pasaron once años para que el equipo volviera a sonar y para que los aficionados volviéramos a soñar.

Ya era justo, cumplimos nuestro tiempo de espera. Me daba alegría que hasta páginas de Facebook de la UNAM que tenían que ver con cultura y literatura se subieran al tren de la emoción y compartieran publicaciones de la página oficial del equipo o hasta hicieron convocatorias de escritura para celebrar el pase a semifinales y finales.

Eso me hizo recordar que la última vez que Pumas levantó el trofeo, unos días después, hicieron recorrido por todas las facultades en Ciudad Universitaria. La Gaceta UNAM (el periódico de la universidad) publicó las fotos junto con una crónica de qué jugadores fueron coreados en cada facultad.

La mañana del domingo pasado me levanté con esa imagen en la cabeza, se podían repetir esas escenas, los dioses le sonreían al equipo (¡al fin!). Esa felicidad se mezclaba con un poco de decepción porque, a pesar de que se hizo el intento, no se consiguió boleto para el estadio.

Ese cosquilleo de felicidad y esperanza fue creciendo poco a poco a lo largo del día hasta que llegaron las siete de la noche. Sólo pude imaginar que aquellos de Palomar 54 que sí consiguieron boleto deberían estar sintiendo algo de nervios, algo de alegría, algo de confianza. Nadie se imaginaba la catástrofe que se avecinaba, muchísimo menos después del primer gol que anotaron en el primer tiempo.

Sí, la pesadilla de hace once años se repitió. Tal vez el Estadio Olímpico Universitario está maldito, tal vez pasen otros once años para que el equipo llegue a otra final, tal vez el director técnico se despida del equipo, talvez vendan a la mitad de los jugadores, tal vez jamás consigamos la octava, tal vez todos los que se empezaron a referir al director técnico como Ícaro lo maldijeron a volar demasiado cerca del sol, elevarse más allá de su capacidad y caer estrepitosamente al fondo de los mares y con él arrastró a veintitrés hombres cuyos rostros no reflejaban otra cosa más que tristeza.

Esas imágenes del 2015, con los jugadores subiendo por la medalla de segundo lugar, observando cómo Tigres levantaba el trofeo, se repitieron: Pumas quitándose la medalla del segundo lugar, observando a la Máquina alzarse en lo más alto del podio.

Toca esperar, toca volver a creer.

Pero seguiremos siendo de sangre azul y piel dorada.

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