Maradona, aplausos y abucheos al mismo tiempo
No se puede hablar de Maradona mencionando solo fútbol, el ídolo argentino hizo una destacada trayectoria, quizás la mejor de todos los tiempos, en las canchas, pero también una vida pública centrada en excesos y polémicas que lo inmortalizaron tanto como sus goles.
Diego Armando es el buen y mal ejemplo, lo grandioso y lo peor, hombre de aplausos eternos y abucheos con megáfono, merece un mausoleo del tamaño de un estadio y la fosa común más profunda.
Al “10” se le recuerda por protagonizar la mejor anotación en la historia de los mundiales y usar la “mano de Dios” en un solo partido, pero en medio de las celebraciones de estos goles en la memoria de muchos hay un Diego Armando con fiel afición a la cocaína.
El “Pelusa” mostró el amor de padre al tatuarse los nombres de sus hijas en la piel, donde faltó espacio, por lo menos para las iniciales, de sus hijos no reconocidos de relaciones pedófilas en Cuba.
Maradona hizo el envidiable acto de levantar una copa de un campeonato mundial en uno de los estadios más grandes del mundo y tras ella llegaron otras copas que evidenciaron su alcoholismo mientras su imagen atlética quedaba en el olvido.
Por Diego Armando hubo gritos de gol sinónimos de la alegría, por Diego Armando hubo gritos de violencia familiar que únicamente retumban en las oscuridades de la tristeza.
Maradona pateó la pelota pasando por la cancha de la pobreza hasta llegar a la titularidad de la grandeza que extendió un abrazo a presidentes rodeados de ciudadanos con hambre.
El “10” dirigió a la selección de su propio país en un mundial, 16 años después que diera positivo a doping en Estados Unidos 1994 y prácticamente terminara su carrera como futbolista.
Maradona fue genial y aberrante, los dos señalamientos son válidos si lo vamos a juzgar, decir solo uno es hablar a medias, Diego Armando está inmortalizado en ambos, así que cuando se hable de él, aplausos y abucheos van al mismo tiempo.
Mario E. Pineda Quintal



